« Qué lejos parece ya, aunque en realidad tan sólo hace tres semanas que embarcaba en Gatwick rumbo al corazón de Europa, rumbo a Praga »
Así empezaba -y acababa- el borrador que empecé a escribir hace unas semanas sobre el viaje a Praga, del que ahora ya hace prácticamente mes y medio.
Llegué al aeropuerto con mucha antelación, no como en mis anteriores viajes, en los que he estado a punto de perder el avión más de una vez (nunca olvidaré la carrera por la terminal del Charles de Gaulle junto con una azafata mientras mi maleta, abierta y con más de 10 kilos de sobrepeso, se dirigía por otro camino al mismo avión que yo, un avión que finalmente despegaría hacia Londres con retraso precisamente porque yo subí tarde a él…). Pero ya me empiezo a enrollar, as usual, y si quiero poner esto al día eso es algo que tengo que evitar, por mucho que me cueste: vaya “periodista” que estoy hecho si no puedo escribir con brevedad y concesión.
Aquel día en Gatwick, mientras esperaba para embarcar rumbo a Praga y me tomaba un café y un muffin, le escribí un mensaje a Laurence, de la que no sabía nada desde octubre, cuando los rencorosos de Vodafone me cortaron la línea porque les debía dos meses de pagos. En aquel momento no sabía todo lo que aquel inocente sms acabaría provocando…
Pero luego despegué hacia Praga, donde me esperaban un frío aun más intenso que el de Londres y Carlos del Romero dispuesto a pasar una semana de aventuras conmigo.
Ya no es momento de contar con detalle aquellos días, y menos aun cuando muchos de los que leéis este blog habréis sabido ya de nuestras correrías a través de las exageradas palabras de Carlos o por medio de las mías, más cercanas a la realidad. Por lo que daré tan sólo una imagen general de aquellos días.
Después de tomarnos una cerveza aquella primera noche en un bar pijo del centro, los demás días de entre semana seguían un esquema similar: nos levantábamos sobre las 9, desayunábamos rápida y brevemente en su piso o ya en el metro, y nos dirigíamos hacia Muzeum, una de las paradas más centricas, coronada precisamente por el Museo Nacional, desde el que desciende hacia la Ciudad Vieja la Plaza de Wenceslao, la calle más comercial de Praga. Allí Carlos partía hacia su trabajo en la muy cercana Radio Praga y yo me dirigía a pie o en metro a cualquier sitio de la ciudad. Y allí volvíamos a vernos sobre las tres y media de la tarde, cuando Carlos salía de trabajar y ambos estábamos ya desesperadamente hambrientos.
Yo tenía cada día hasta esa hora para perderme solo por Praga, por cualquiera de sus magníficos rincones, llenos de encanto, de historia, de belleza.
Recorrí hasta la última piedra de la Ciudad Vieja, hasta la última de sus calles de cuento, que siempre me llevaban hasta la Plaza de la Ciudad Vieja, donde se encuentran las iglesias de San Nicolás y la de Nuestra Señora, que impresionante y magnífica sobresale desde detrás de los edificios que la ocultan; el monumento a Jan Hus, quien aún hoy se gira hacia la iglesia de Nuestra Señora; y el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, medio destruido por los nazis en 1945 y aún sin rehabilitar y en cuya torre medieval se incrusta un famoso reloj astronómico, frente al cual se reúnen multitud de turistas y curiosos cada hora en punto para ser saludados por unos graciosos apóstoles animados que entonces se asoman por pequeñas ventanas, al mismo tiempo que un esqueleto toca las campanadas y se ríe -según algunos- de los humanos que hay sus pies observando la escena, y a quienes en ese preciso momento les queda ya una hora menos de vida.
Crucé una y otra vez el Moldava a través del Puente de Carlos, hecho de piedra inmemorial y bordeado de viejas estatuas y esculturas, una de las cuales -según la tradición- hace que que quien la toque vuelva antes o después a Praga (yo la toqué en mi primer viaje el verano pasado, y de hecho he vuelto a Praga meses después; en este viaje decidí no tocarla para que si vuelvo allí sea por propia voluntad y no por los designios de una estatua).
Me perdí por las señoriales calles de Josefov, el antiguo gueto judío, cuyos habitantes fueron expulsados y sus edificios derruidos para ser reconstruido de un modo moderno y burgués con la vista puesta en París. Aún está allí, sin embargo, el antiguo cementerio judío, que recuerda con su inquietante presencia lo ocurrido.
Crucé las intrincadas calles de Malá Strana (“barrio menor” o “ciudad menor”) y ascendí hasta el Castillo de Praga por Nerudova, su calle principal y de cuyo antiguo habitante Jan Neruda tomó el nombre el poeta Pablo Neruda. El Castillo, un enorme recinto que preside Praga desde lo alto y lo hace visible desde casi cualquier punto de la ciudad, contiene numerosos edificios históricos, entre los que destaca la catedral de San Vito, la construcción más elevada del lugar, y es hoy la sede del gobierno checo. A sus puertas tiene lugar cada hora el cambio de guardia, que yo tuve ocasión de contemplar dos veces, y cuya música me recordó sospechosamente a ese gran juego que es el Legend of Zelda.
[Continúa_]
Y, en fin, subí a aquella colina en la que se alza una pequeña réplica de la Torre Eiffel y desde la que la vista es realmente impresionante; viajé en metro, viajé en tranvía, anduve y anduve por cada calle del centro de Praga, de la Praga histórica, a cuyo alrededor la otra Praga, más gris, más aburrida, más fea, más real en un cierto sentido, sigue poco a poco extendiéndose.
No llevaba cámara de fotos, pero no importa, Praga me atrae tanto, me fascina tanto, me resulta tan profundamente hermosa, que tengo cada imagen grabada a fuego y difícilmente podré olvidar cada escena que vi, respiré, viví allí.
Por las tardes Carlos y yo solíamos hacer algo en plan tranquilo: tomar un café, pasear aún más hablando de Praga, de los viejos tiempos, de los nuevos tiempos. Acabábamos yendo siempre a su piso a cenar (ya nos clavaban suficientemente cuando comíamos por ahí al mediodía: los precios del centro de Praga son tan altos que la inmensa mayoría de los “checos de a pie” no pueden permitírselos), y así pude conocer a sus entrañables compañeros: los inefables Vince, el francés con cara y pelo de mosquetero y al que Carlos detesta sinceramente, y Felix, el alemán majete y fumao que tampoco gusta mucho a Carlos debido a su habitual pasotismo a la hora de limpiar y demás; ambos retraídos y poco dados a salir de la habitación que comparten y donde se pasan las horas muertas en Second Life (gran forma de pasar su año erasmus, claro que sí). Daniel el noruego-argentino (de forma de ser más noruego, de aspecto más argentino), algo más sociable y más responsable con las tareas domésticas pero que también va a su bola; y Dave, típico chaval inglés y compañero de habitación de Carlos, el más majo y “normal” de todos y que acabará teniendo un divertido protagonismo en esta historia, relacionado con el alcohol, los rotuladores y los culos.
Allí solíamos cenar tranquilamente y después, según la noche, salíamos a tomar algo de tranqui o salíamos de fiesta, aunque una noche nos quedamos allí bebiendo aquella mezcla mortal de alcoholes (aunque no tan mortal como el mundialmente famoso y temido Chupito Melenas, ja) que tanto le gusta a Carlos y buscando en YouTube vídeos de la época: McGyver, El Equipo A, El Coche Fantástico, El Gran Héroe Americano… Dragones y Mazmorras, Los Osos Gummie, Alvin y las Ardillas, Oliver y Benji, Bola de Drac, Los Guardianes de la Galaxia… ay…
El domingo que pasé allí fuimos a Český Krumlov, el pueblo de Denisa, su novia, en un viaje en un autobús que tenía más años que Carlos, el chófer y yo juntos y que duró tres horas y media, a pesar de que sólo hay 170 kilómetros desde Praga (algo más que entre Ibi y Valencia), y que hicimos medio dormidos y de resaca porque la noche anterior habíamos salido y habíamos dormido poco y habíamos bebido mucho. Allí conocí a Denisa, que es un verdadero encanto, muy guapa y simpática, y que habla un español casi perfecto con un extraño pero bonito acento. Y con ella dimos un paseo por toda la parte antigua del pueblo, perdón, ciudad (ella se enfadaba si lo llamábamos pueblo, aunque es bastante pequeño y sólo tiene unos 14 mil habitantes), que es realmente preciosa, aún medieval, con unos edificios de película (de hecho la película “El ilusionista” fue rodada en parte allí y Denisa hizo de extra), con un enorme encanto, con un par de osos en el foso del castillo… y Denisa insistiéndonos en que en verano es aún mejor, que hay una fiesta en la que todo y todos se visten como en la Edad Media cuidándolo todo al detalle (sin ni siquiera relojes de pulsera y demás), que hace calor y la gente hace picnics junto al río…
Y regresamos a Praga por la noche, después de pasar por casa de Denisa y ver sorprendidos como su perro, extrañamente gordo, intentaba hablar, en serio, cuando vio a Denisa comenzó a emitir raros sonidos que estaban casi más cerca de palabras humanas que de ladridos perrunos, increíble. Fuimos los cuatro a la estación, Denisa, su perro, Carlos y yo, y de allí tomamos un “tren” que en realidad era un solo vagón y que parecía de juguete hasta una ciudad cercana cuyo nombre no recuerdo, aunque aún tuvimos ocasión de ver a uno de los tipos de la estación salir en calzoncillos y completamente borracho (estaba medio nevando) a despedir al tren mientras todo un grupo de gente más o menos igual de borracha (y que luego serían nuestros divertidos compañeros de viaje) le aplaudía y reía la gracia. Y de aquella otra ciudad tomamos ya un tren a Praga, un tren que era idéntico al Hogwarts Express, que lleva a Harry Potter y a sus amiguitos a su colegio de magia (y que en realidad (¿”en realidad”?) sale desde aquí, desde la estación de King’s Cross en Londres), con compartimentos separados, en uno de los cuales viajamos solos Carlos y yo, cada uno tumbado en uno de los sofás. Dios, ese tren tenía un encanto increíble: nada que ver con los regionales que yo estuve tomando durante seis años entre Valencia y Villena o Alicante o Elche.
Otro día, ya no recuerdo cuál, viva el Alzheimer, fuimos a otra pueblo cuyo nombre tampoco recuerdo, qué mala es la edad. Voy a buscar en Internet a ver… [medio minuto después] ¡Kutná Hora!, eso es, otro día fuimos a Kutná Hora, también en tren, un pueblo más cercano a Praga que Český Krumlov, y que en su momento y gracias a su fuerte industria minera rivalizó en importancia y riqueza con Praga. Sin embargo hoy no es más que un pueblo de la Chequia profunda, con una impresionante catedral, pero un pueblo pequeño, pobre y muy auténtico, por el que Carlos y yo paseamos embobados viendo cómo es la República Checa más allá del esplendor del centro de Praga y de pequeñas ciudades escogidas como Český Krumlov. El momento culmen fue cuando, por insistencia mía, entramos en una especie de bar o antro en el que los parroquianos, el camarero y un perro enorme que había tumbado allí se callaron y se nos quedaron mirando en cuanto pusimos un pie allí. El camarero se nos acercó con sus ojos hostiles clavados en nosotros y yo le dije como un buen gentleman, Excuse me… do you speak English?, a lo que el buen hombre, sin despegar los labios, respondió con un enérgico movimiento de cabeza dándonos la espalda y volviendo a la barra; tras lo que Carlos y yo salimos lentamente de allí mientras aún todos los parroquianos, el camarero y el perro seguían callados mirándonos…
Y además de todo esto, como sabéis, hubo dos noches que salimos de fiesta. Ehm… creo, por lo que acabo de recordar, que en realidad a Český Krumlov fuimos el sábado y a Kutná Hora el domingo, y que la primera noche que salimos fue el viernes (¿fue así, Carlos?). Anyway.
El viernes, creo, Dave celebraba su cumpleaños, y había invitado a gente a beber en el piso, por lo que Carlos y yo nos agenciamos una botella de algo que parecía ron (su amigo Federico luego nos dijo que era ron de patata, aunque en la botella no ponía nada al respecto; el caso es que sabía a ron pero más dulce, y entraba y ponía ciego que no veas), para mí, y otra de licor de manzana o algo así, para él. Mientras nosotros nos hacíamos la cena (un cubo de ensalada con pollo, queso y demás) ya empezó a llegar gente, que inmediatamente empezaba a beber mientras nos miraba primero cocinar y luego comer, y entre ellos la tal Kaisy o Katy o como se llamara, y que también acabaría adquiriendo un funesto protagonismo a lo largo de la velada. Tras acabar la ensalada, que finalmente compartimos con Daniel, Carlos y yo empezamos a beber a un buen ritmo, para no quedarnos atrás de los demás. Aún estábamos, creo, en la primera copa, cuando ante la vista de Jamie (el amigo inglés gordo de Dave) y de un rotulador que había en la mesa, Carlos empezó a recordar de nuevo aquel ciego que se habían pillado ellos tres, Jamie, Dave y él, en el que Jamie acabó perdiendo el sentido y cuando despertó tenía la cara pintada con pollas y demás… Y después de recordar tal graciosa situación y al cabo de unos meditativos momentos, Carlos me dijo completamente emocionado, ¡Eh!, ¡podríamos pintarnos caras en los culos!; y yo, ¡¿Qué?!; y él, ¡Que sí!, ¡y la raja sería la boca!; y yo, Carlos, ni de coña; y él, ¡Va, que sí!; y de momento ahí quedó la cosa y seguimos bebiendo y hablando de otras cosas y emborrachándonos y sufriendo el acoso de Kaisy o Kaity o como se llamara, una chica estadounidense que decía haber nacido en Colombia, ser nieta de Fernando Botero, el pintor y escultor, y llamarse Luz Aida Botero. Casi nada con la colega.
El caso es que ahí estábamos, el piso cada vez más lleno de gente, de gente de todas las formas y colores, Carlos insistiendo aún en lo de los culos y yo que ya no veía la idea tan mal, cada vez todos más borrachos y armando más escándalo, cuando un vecino, que parecía algo enfadado y que obviamente aún no se había acostumbrado a los nuevos tiempos liberales de la época postcomunista en los que los jóvenes tenemos todo el derecho del mundo a molestar cuanto y como queramos a los viejos, aporreó la puerta y amenazó con llamar a la policía si no acabábamos inmediatamente con la fiesta. Entonces Daniel se subió a una silla o sillón o mesa y dijo que todo el mundo fuera, que nos íbamos ya a la discoteca. Pero como a mí me apetecía seguir bebiendo, as usual, convencí a Carlos (y también se lo dije a la botera en un momento de debilidad) para que nos hiciéramos los tontos mientras todos se iban y nos quedáramos allí un rato más bebiendo. Y así ocurrió, la gente se fue yendo poco a poco y al final sólo quedábamos allí Carlos, yo y la cada vez más atractiva idea de acabar realmente pintándonos caras en los culos el uno al otro…
[Continúa_]
Hay que decir que a estas alturas de hecho ya estábamos en gran parte pintados. Todo había empezado con “tatuajes” y macarras inscripciones en los brazos y con una especie de cara en mi barriga, de la cual el ombligo era la boca y a la que habíamos llamado, no sé por qué, Steve. Además Carlos lucía perilla y bigote de algo que yo había intentado que pareciera un mosquetero y él también me había pintado perilla y bigote a mí, creo. Y por si fuera poco Carlos también tenía pintado un ojo en la frente, al estilo Ten Shin Han (o como se escriba). Mientras yo se lo pintaba él me repetía y repetía que por favor no le pintara una polla en la frente, y yo, Que no, que te estoy pintando un ojo; y al final él ya dijo, Bueno, sé que es una polla, pero ya me da igual. Pero no, era un ojo.
Y así estábamos cuando los demás se habían ido y sólo quedábamos él y yo, ya dispuestos a todo, cuando volvió Dave al piso, algo molesto, y nos dijo que qué hacíamos, que fuera estaban todos esperándonos muertos de frío. Entonces yo le dije, sin más y como si fuera la cosa más normal del mundo, Nos hemos quedado porque vamos a pintarnos caras en los culos; y Dave dijo también como si fuera la explicación más razonable que hubiéramos podido darle, Ah, entonces vale, no pasa nada. Y Carlos saltó pletórico, ¿¿Quieres que también te lo pintemos a ti?? A lo que Dave contestó con un elocuente gesto: se bajó los pantalones sin decir nada. Y Carlos le dijo, No, pero túmbate, además la raja va a ser la boca. Pero entonces tuvimos que decidir quién le pintaba el culo a quién. Lo justo habría sido que cada uno hubiéramos pintado a otro, pero yo no quería pintar a Dave ni que él me pintara porque decía que no tenía confianza con él, así que finalmente Carlos nos lo pintó a Dave y a mí y yo se lo pinté a Carlos. La imagen es curiosa: dos españoles y un inglés borrachos en un piso de Praga pintándose caras en los culos, con la raja como la boca, mientras un grupo de gente de diferentes nacionalidades les espera congelado en la calle.
Y ya con nuestros culos pintados y una foto como prueba (después de varios intentos) nos fuimos a la discoteca, en la que causamos sensación con nuestras caras pintadas (los miembros del staff nos pidieron que les dejáramos que nos hicieran una foto), porque al final también le habíamos pintado a Dave un montón de cosas en su cara, incluyendo la edad que cumplía ese día (23 años, creo), una polla (esta vez sí) y un supuesto escudo del Blackburn Rovers, el equipo de fútbol inglés del que es aficionado.
Una vez dentro Jamie se dirigió a mí enfadado y me preguntó que por qué habíamos tardado tanto, que nos habían estado esperando en la calle muertos de frío hasta que se habían cansado y se habían ido a la discoteca. Y yo, de nuevo, y como si todo aquello fuera lo más normal del mundo, Es que estábamos pintándonos caras en los culos y haciéndonos fotos. Y para mi sorpresa él, aun más enfadado, dijo, ¿¡Qué!?, ¿¿os estabais pintando caras en los culos sin mí??, joder, podríais habérmelo dicho (y todo en inglés, claro). Y yo, Em, bueno, lo siento… pero no te preocupes, que cuando volvamos al piso te pintaremos también a ti una cara en el culo; y entonces a él se le pasó automáticamente el enfado y con una amplia sonrisa me contestó que de acuerdo. Más tarde se volvió a acercar a mí y me dijo, Que no se te olvide que luego me tenéis que pintar una cara en el culo eh; y yo, Que sí, no te preocupes. Total, que al final nos fuimos Carlos y yo solos y no le pintamos ninguna cara en su culo, algo que le dolió y que aún no ha olvidado por lo que Carlos me ha ido contando por email tras sus sucesivos encuentros con Jamie.
Y ésa es la famosa historia de las caras en los culos.
En fin, de película.
La otra noche que salimos de fiesta habíamos quedado para hacer botellón en la residencia en la que vivía el amigo italiano de Carlos, Federico. Para allá que nos fuimos cargados con nuevas provisiones del supuesto ron de patata y un extraño licor que acabaría dejando la lengua y los labios verdeazulados a Carlos. Allí los italianos estaban haciendo una especie de minipizzas caseras que estaban muy buenas, pero como Carlos y yo ya habíamos cenado nos dedicamos principalmente a beber y de nuevo acabamos alcanzando un notable nivel de ebriedad. Y allí fue donde conocimos a Pavla, una checa que había estado de erasmus en Sevilla y que hablaba un casi perfecto castellano con un marcadísimo acento andaluz que lo hacía muy gracioso para Carlos y para mí. Y de la residencia nos acabamos yendo a otra discoteca de la cual volvimos a casa prácticamente de día, como mandan los cánones.
Esto y mucho más ocurrió durante aquel intenso viaje, como mi visita a Radio Praga, un edificio comunista en el que el ascensor de madera no tiene puerta y está en continuo movimiento y hay que saltar, literalmente, dentro cuando pasa por tu piso y saltar hacia fuera cuando llega al piso al que te diriges. Y allí conocí a Fredy, el jefe de Carlos, un simpático costarricense (¿era costarricense?, ya no me acuerdo), que me ofreció medio en broma medio en serio ir yo a trabajar allí cuando Carlos se fuera.
Y, en fin, todo esto y tantas otras cosas que hicieron que acabara siendo un viaje perfecto.